FINAL DE VIAJE

Con nuestra llegada al Parque Centenario de la Ciudad de Buenos Aires el domingo 12 de octubre de 2008, nuestra Vuelta al mundo en tándem llegó a su fin. Atrás quedaron 17.500 kilómetros de aventuras y aprendizaje a través de 22 países del mundo sobre una bicicleta, que los lectores del sitio han podido seguir mientras íbamos avanzando. Fue una satisfacción para nosotros encontrar a los amigos y a nuestras familias en el último día de viaje, acompañándonos en los 65 kilómetros finales, esperándonos en Liniers y, por último, en el mismo punto del que habíamos partido un año y doce días antes. Después de doce meses de experiencias inolvidables, seguiremos igualmente en contacto con ustedes, incorporando a este sitio algunas imágenes, datos y curiosidades que, por falta de tiempo no pudimos subir durante el viaje.

Pero para llegar hasta aquí debimos atravesar mil kilómetros desde la ciudad de Mendoza, donde habíamos descansado un día solamente después de cruzar los Andes. Los preveíamos fáciles por la inmensa llanura pampeana, pero nos dieron una sorpresa. Encontramos unas pendientes que no nos esperábamos en la provincia de San Luis, acompañadas por unos fuertes vientos frontales que, lejos de ceder, nos dieron trabajo durante todo el recorrido y unas rutas complicadas, angostas, de intenso tráfico de camiones, más peligrosas que la mayoría de las que recorrimos en el resto de la travesía. Finalmente, una tormenta de proporciones nos hizo dudar de si podíamos cumplir con la promesa de llegar el 12 de octubre a Buenos Aires. Saber que tanta gente nos esperaba y estaba pendiente de nuestro regreso nos dio el impulso que necesitábamos para superar estos últimos escollos.

HOSPITALIDAD CICLISTA
La maza de la rueda delantera estaba volviendo a dar problemas. El extremo desgaste había minado los conos y volvimos a escuchar los crujidos que sentíamos en las rutas dela India, cuando casi se nos desarma. Parecía mentira que a solo 250 km. de Buenos Aires y con los días contados para llegar la rueda nos jugara esta mala pasada. Con la bicicleta frenada y ya sin posibilidades de ajustar más la maza sin extraer todo el conjunto, llegamos a la ciudad de Junín y buscamos urgentemente una bicicletería.

Cuando la encontramos, el bicicletero nos recibió como si fuéramos viejos conocidos. "¡No me digan que ustedes son los de la revista!", exclamó. Claudio, de Impala Bikes, nos había seguido asiduamente a través de nuestros artículos en Ciclismo XXI. Fue como estar en casa, y nos fuimos un par de horas después, habiendo pasado un momento agradable y con la rueda en perfectas condiciones, como nueva.

Renovados en el material y en el espíritu continuamos el trayecto por la ruta 7, que veníamos sufriendo desde que salimos de Mendoza, unos diez días antes.

Hasta allí habíamos encontrado mucha amabilidad y hospitalidad pero también nos reencontramos con algunos aspectos de la Argentina que nos chocaron, quizá porque la habíamos idealizado en contraste con otros países y costumbres que veíamos en forma negativa en otras partes del mundo. Nos habíamos desacostumbrado a la brutalidad de algunos automovilistas, que nos pasaban cerca sin necesidad, algunos tocando bocina con indignación, como si por andar en bicicleta no tuviéramos derecho a usar los caminos de nuestro país. Si bien la mayoría de la gente nos trataba bien, la extrema amabilidad a que nos habíamos acostumbrado en Asia había desaparecido también. Después de haber sido extranjeros durante casi un año, nos costaba dejar de serlo.

Salimos de Mendoza de tarde luego de haber resuelto algunas cuestiones operativas: comprar algunos repuestos imprescindibles y descargar unos cuantos kilos de más enviándolos por encomienda a Buenos Aires. Habíamos subido la cordillera muy pesados y ahora queríamos ir un poco más veloces. Esa primera etapa se presentó favorable, avanzamos a buen ritmo y, a pesar de haber salido cerca de las 14 hs., llegamos hasta Santa Rosa, un pueblo a 80 km. de la capital de la provincia. Allí nos permitieron acampar en un polideportivo, donde conocimos a Mónica y Hugo, profesores de educación física que estaban a cargo de la institución, con quienes charlamos largo y tendido.

Las siguientes jornadas fueron muy ventosas y las velocidades que creíamos que íbamos a poder desarrollar se nos hicieron difíciles, sino imposibles, de alcanzar. Al llegar a Desaguadero, en el límite de la provincia de San Luis, el viento ya era muy fuerte y nos costaba superar los 10 kilómetros por hora. A esa velocidad el regreso se ponía complicado. La ruta, por su parte, era muy estrecha y sin banquinas, con un intenso tráfico de camiones. Resulta difícil creer que se trata de una de las carreteras internacionales más importantes de Sudamérica. Del lado de San Luis, sin embargo, encontramos autopista. Aunque no anduvimos de noche, podríamos haberlo hecho pues se encuentra iluminada en toda su extensión, aunque no siempre el pavimento está en buen estado.

Llegamos así a la capital de la provincia, donde decidimos quedarnos un par de días y replanificar todo el recorrido para llegar a Buenos Aires el 12 de octubre (habíamos pensado en hacerlo un poco antes). En San Luis estuvimos en el canal de televisión y en una radio, la vuelta al país empezaba a tener alguna repercusión. Recorrimos un poco las sierras puntanas, yendo a Potrero de los Funes. El tiempo empezó a empeorar y salimos de la zona en medio de un temporal que nos impedía avanzar. Llegamos a Villa Mercedes, la segunda ciudad de San Luis, con un día de retraso por el viento y las pendientes que si bien leves, alcanzaban para que nuestro promedio de velocidad bajara bastante.

Saliendo de San Luis la ruta 7 volvió a la normalidad, una carretera angosta y descuidada, muchas veces peligrosa. Cada tanto teníamos que salir del asfalto para evitar que un camión nos pasara por encima, situación que se fue haciendo más frecuente al acercarnos a Buenos Aires. Fuimos pasando uno a uno los pueblos que jalonan la ruta 7: Vicuña Mackenna, Laboulaye, Rufino, Diego de Alvear. En Laboulaye, en el sur de la provincia de Córdoba, la gente de una estación de servicio llamó al canal de TV local, que vino rápidamente para hacernos una entrevista en plena ruta. En algunos de estos lugares nos dieron ganas de quedarnos aunque fuera una tarde, para poder compartir nuestras experiencias con gente ávida de conocerlas, pero nuestro tiempo estaba cada vez más justo.

Ya en la provincia de Buenos Aires el clima se volvió aun más ventoso y frío. Se ponía difícil cumplir con las metas que nos habíamos fijado. El problema en la rueda delantera nos impidió llegar a Junín y nos quedamos en un pueblito minúsculo, Saforcada, unos diez kilómetros antes. Al otro día, después de que Claudio y Felipe Impala nos resolvieran nuestro problema mecánico más urgente, llegamos a Chacabuco. Entrando a la ciudad, un ciclista que entrenaba nos preguntó si éramos la pareja que daba la vuelta al mundo. Carlos nos había seguido por Infobiker, y terminamos en su casa charlando con él y con su amistosa familia hasta tarde. Revolvió todo el pueblo para encontrar un lugar donde nos pudiéramos quedar esa noche, y finalmente fuimos a la casa de María, la directora de un jardín de infantes de la ciudad. En Chacabuco volvimos a sentir esa sensación de amistad de años con gente que recién conocíamos que habíamos experimentado en países tan distantes como Turquía o Vietnam. Pero estábamos en Argentina y a sólo 200 km. de casa.

UN FINAL DIFÍCIL
Desde Chacabuco pensábamos hacer dos etapas de unos 100 km. cada una hasta llegar a Buenos Aires. Pero la tormenta pronosticada para ese fin de semana se aproximaba. Habíamos hecho unos 60 km., llegando al pueblo de Tres Sargentos, y el día soleado y de relativamente poco viento se transformó en un día oscuro que anticipaba el temporal que en breve nos caería encima. Y, en una de las tantas veces que subimos y bajamos de la ruta para evitar camiones, una montaña de pedregullo nos jugó una mala pasada y nos fuimos al suelo. Salvo el incidente con una moto en Camboya, era la única caída del viaje, y a sólo 140 km. de la meta. No fue grave, y seguimos impulsados por un viento que había cambiado repentinamente de dirección. El cielo, negro, se abrió para dejar caer un granizo bastante grueso que hacía percusión en nuestros cascos, transformándose en breve en una copiosa y fría lluvia. El viento se volvió a poner violentamente en contra y, para completar el panorama, pinchamos. La cubierta delantera que habíamos colocado en la India, 7.000 km. antes, había llegado a su límite.

Estábamos agotados y preparándonos a cambiar la cámara cuando un camionero nos hizo señas. Nos había escuchado por radio el día anterior y quería llevarnos. Estaba complicado pero no queríamos abandonar el pedaleo justo ahora, a pocos kilómetros de Buenos Aires. Le pedimos que nos alcanzara solamente hasta la siguiente estación de servicio, a unos 6 km., para poder refugiarnos del temporal, almorzar (ya eran cerca de las 15 hs. ) y reparar el pinchazo. Nos dejó en Carmen de Areco y, una hora y media después, pudimos retomar el camino.

El viento se puso peor y avanzar costaba mucho trabajo. El tránsito, pasada la tormenta, había vuelto a ponerse pesado, y cada vez era más difícil mantenernos sobre la ruta, debiendo andar sobre la banquina de pasto. Nuestro ritmo se hizo lento y pronto se puso de noche. Nuestro destino, San Andrés de Giles, estaba todavía a unos 25 km. de distancia. Estábamos terminando nuestra vuelta al mundo, nuestras familias, amigos, conocidos y muchos desconocidos que nos habían seguido por diferentes medios nos estaban esperando, y nosotros veníamos arrastrándonos, a escasos 120 km. del objetivo, como si estuviéramos en una zona de geografía extrema en algún lejano y exótico punto del planeta. Parecía que nuestro viaje se resistía a terminar.A unos 15 km. de Giles la lluvia, que había cesado, comenzó a caer nuevamente. Encontramos por suerte una casa y los dueños nos dejaron acampar afuera, bajo un alero que nos protegió del agua. Una noche más en carpa, antes de llegar.
Ver las fotos del trayecto Mendoza – San Andrés de Giles.

ÚLTIMA ETAPA
Al amanecer, en medio de una llovizna molesta, salimos para tratar de llegar a San Andrés de Giles, desayunar y contestar los numerosos mensajes que llegaban a nuestros celulares y que no podíamos responder por falta de crédito y de batería. El viento había cedido y pudimos avanzar bien. A las 11 de la mañana ya estábamos en Luján. Poco después, nos alcanzaron nuestros fieles escuderos ciclistas, los mismos que nos habían acompañado un año y doce días antes: Pedro, Rafael, Lucas y Matías, que hicieron con nosotros los 70 km. restantes. Poco después, llegaron nuestros familiares para el ansiado y emocionante reencuentro. Se fue armando así la caravana, a pesar del mal tiempo que había suspendido la carrera donde Alejandro Morasutti, de Infobiker, nos había organizado una recepción del medio ciclístico.

A partir de entonces todo fue sencillo y alegre. Se fueron sumando amigos, Renée y María Inés en auto, varios ciclistas y amigos más en la entrada a la Capital Federal y, finalmente, un lindo grupo de gente que se nos abalanzó para abrazarnos al dar la última pedaleada en el Parque Centenario. El cuentakilómetros marcaba 17.523 kilómetros, 377 días y 22 países después de la partida de ese mismo lugar, cumpliendo el objetivo soñado: la Vueltaal Mundo en bicicleta tándem.
Ver las fotos del pedaleo desde Luján y la llegada a Parque Centenario.
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